Todos los seres humanos tenemos una tendencia natural a
buscar la autorrealización, es decir, necesitamos encontrarnos como individuos
para definir así el sentido de nuestra vida.
La salud también tiene sus síntomas: el optimismo, la
alegría y la subjetiva sensación de ser feliz.
Son infelices los que
en lugar de enfrentarse a la realidad intentan huir de ella.
Son infelices lo que en vez de intentar poner su trabajo y
su energía al servicio de superar un problema, los consagran a negar su
existencia y sus circunstancias.
Son infelices los que, en lugar de aceptar el dolor de una frustración
o de una pérdida, se llenan de sustitutos y escapismos para no pensar en ello.
Son infelices los que, por no aceptar que no puede ser
queridos por todos, se inventan un personaje agradable y complaciente con las
personas que los rodean.
Son infelices los que creen que su realización depende de lo
que otros hagan o piensen.
Son infelices, finalmente, aquellos a los que nada les
parece nunca suficiente.
A partir de la conciencia mayor de nuestras necesidades y
prioridades, nos abocamos a resolverlas para llegar a la realización. Sin
embargo, la vorágine del mundo occidental, especialmente en el entorno urbano,
combinada con el cambio de algunos paradigmas, ha determinado que hoy no
tengamos demasiadas oportunidades de ocuparnos sería y responsablemente de
subir hasta la cúspide.
Comenzando por la distorsión de valores que nuestra sociedad
promueve, aunque diga lo contrario, el florecimiento de personas que consuman y
no se cuestionen, que tengan necesidad de esas cosas que el dinero puede
conseguir y solo ellas, que reciban mensajes y mandatos pero en ningún caso opinen sobre ellos (me acuerdo del mito de la
caverna de Platón y un escalofrío recorre mi espalda). Esta alteración de las
prioridades no solo relega sino que a veces hasta destruye el afán de ser
mejores personas. Así a espiritualidad, el último y el más importante elemento
de nuestra búsqueda de superación, queda postergada ad infinitum utilizando
como argumento el soberbio menosprecio diletante de todo lo que no se puede
tasar en dinero, poder o aplauso, olvidando el hombre su necesidad de
encontrarse con sus aspectos más puros y esenciales.
El ser humano esta biológicamente programado para buscar
sentido y plenitud a la vida…
Que la mera existencia no es suficiente.
Que estamos empujados por nuestra esencia a querer saber más.
Que llevamos en nuestros genes la obligación biológica de
trascender nuestra realidad física
Que es necesario ser conscientes de que existe (siempre
existe) un camino que nos conduce hacia un lugar más elevado
Que ese recorrido nos lleva a una vida mejor, aun en las
mismas circunstancias en las que estamos
Que el camino espiritual no es ajeno a nosotros y que desde
nuestro interior se insinúa siempre la necesidad de recorrerlo.
Que antes o después lo iniciamos.
Que quizá en algún momento lo menos importante nos impondrá
su urgencia y nos llevará a abandonar transitoriamente el desafío, pero que
siempre se puede regresar a él, aun
cuando ese retorno (si nos hemos alejado demasiado) pueda llegar a ser
trabajoso y complicado.
El desarrollo personal de cada individuo, de cada familia, y
de cada pueblo, esa misma búsqueda de superación y esa defensa de su camino
espiritual, podrían ser por igual representados por aquel hilo de Ariadna que
tan poéticamente describe Borges al relatarnos el mito de Teseo y su
laberintico objetivo. El genial escritor nos habla de un hilo que tiene por lo
menos cuatro hebras formando siempre parte de su trama: la Confianza, la
Humildad, la Libertad y el Amor. Y agrego yo:
Confianza en mis recursos
Humildad para aprender de mi prójimo
Libertad para validar cada una de mis decisiones
Amor a la vida y a la verdad

